Nuestra experiencia con la lactancia materna

¡¡Hola!!

Ya pasado el periodo de presentaciones, vayamos al grano. Comienzo mi blog con una de las partes que más me encantan de la maternidad, o de mi maternidad al menos: la lactancia materna, así es que vamos allá con nuestra experiencia.

Mi parto fue una cesárea programada a las 38+3 semanas de embarazo (ya explicaré el por qué algún día), por lo tanto, en aquel momento, ni mi cuerpo ni mi Pequeño G. estaban pidiendo un parto precisamente. Imagino a Pequeño G. tan tranquilo en su “casita”, se levantaría como otro día más, jugaría como todos los días a sus cosas,… (¿a qué cosas? Pues no sé, a agarrar el cordón umbilical y darle vueltas, a ensayar llaves de kárate…las cosas que les gustan a los bebés intrauterinos vaya…) total que de repente, supongo que sentiría que algo pasaba, algo que no era habitual, una mano cubierta por un guante de látex le agarraba y le sacaba de allí. Así sin más, sin él comerlo ni beberlo.

Correcto, así fue como mi Pequeño G. vino al mundo, por lo tanto, la leche tardó en subirme un poquito, fueron 6 días.

Si a este hecho añadimos que no pudimos hacer piel con piel por encontrarme yo en la sala de recuperación, nada más y nada menos que casi 4 horas y media (¿Hola? Sí, esto lo explicaré en otro post también), pues nuestra lactancia materna empezó francamente mal, vamos, que Pequeño G. se alimentaba a base de fórmula (esto de “se alimentaba” es mucho decir porque cuando Pequeño G. nació era más o menos misión imposible hacerle tomar 30 ml de leche, echábamos una hora de reloj en esta ardua tarea, y aseguro que no estoy exagerando, y aun así nunca los tomó enteros, siempre siempre se dejaba).

Como antecedente, diré que yo nunca había tenido ninguna duda sobre la lactancia materna, siempre pensé que era la única opción para mi hijo y para mí. Durante todo el embarazo lo tuve clarísimo, cuando la gente me preguntaba si le pensaba dar el pecho, mi respuesta era siempre un sí rotundo.

Total que, pese a que aquellos días hubo bastante poco de lactancia materna, yo nunca desistí y nunca jamás pensé que no iba a poder, simplemente pensaba que era cuestión de tiempo, es que ni siquiera me agobié porque tomara biberones, sabía que tarde o temprano la leche acabaría por subir y que dejaríamos los biberones, nunca, ni un solo segundo, lo puse en duda. Así es que yo, cada tres horas, cogía a Pequeño G. de su cuna y me lo ponía en el pecho, a veces no hacía nada, sólo dormitaba, otras veces, trataba de succionar y poco cogía de ahí el pobre…pero era cuestión de intentarlo y de ir poco a poco. Después de media hora en el pecho, y sin comer, porque allí no había ni leche ni calostro ni nada que se le pareciera, Pequeño G. recibía su ración de biberón.

Ya en casa (el tercer día en casa), la leche me subió en condiciones y Pequeño G. poco a poco, con el pecho fue saciándose cada vez más y necesitando cada vez menos el complemento de biberón de después, hasta que finalmente, llegó el día (aproximadamente a las dos semanas de haber nacido) en que ya no necesitó biberón nunca más.

A los cinco meses y una semana, momento en el que yo me incorporé a trabajar, Pequeño G. abandonó la lactancia materna exclusiva para pasar a tomar dos tomas de fórmula con cereales (con todo el dolor de mi corazón, me veis a mi compungida en el trabajo sabiendo que mi Pequeño G., con lo a gusto que había estado siempre con su tetita, estaba tomando papillas de fórmula, sí así de dramática era en los comienzos). Las dos tomas de fórmula con cereales coincidían con los momentos en los que yo no estaba en casa, las de media mañana y de media tarde, porque yo también tengo jornada completa y partida como le sucede a Díasde48horas. Los primeros días intenté sacarme leche, pero he sido absolutamente nula en este tema, lo he intentado con dos tipos de aparatos (de esto también hablaré en otro post) y no ha habido manera de sacarme suficiente leche, siempre salía pero no lo bastante.

Y así han pasado los meses, y tras la introducción de la alimentación complementaria, y a sus casi 12 meses de vida, nada ha cambiado (qué orgullosa estoy de ello ji ji, nuestro empeño le hemos puesto), Pequeño G. sigue con su ración de teta después de cada comida, salvo las dos que no estoy en casa de lunes a viernes, pues los fines de semana y vacaciones hace el mismo número de tomas que cuando era un bebé, unas 8, después de cada comida, teta, cuando no toca comida, teta, por las noches se despierta a por su teta, y así seguimos y ojalá sigamos muuuucho tiempo más.

He de decir como apunte final dos cosas: (i) gracias Pequeño G. porque has sido un niño muy muy ordenado, has demandado la teta como si tuvieras un reloj dentro, haciendo todo mucho más fácil y habiendo contribuido muy mucho a nuestra continuación con la lactancia materna después de mi incorporación al trabajo, y (ii) la lactancia materna para mí está siendo una de las experiencias más alucinantes de la vida y cada día me asombro más del cuerpo humano y de lo que es capaz de hacer, así es que me quito el sombrero ante la Madre Naturaleza por darnos estas maravillas.

Y vosotras, ¿cómo lo habéis hecho? ¿ha supuesto un problema en vuestra lactancia materna la incorporación al trabajo?

Nos leemos pronto.

Mamá G.

3 comentarios en “Nuestra experiencia con la lactancia materna

  1. Es que ni es tan fácil como todas pensamos en nuestro primer embarazo ni siempre depende de nosotras… Yo conté en el blog que, a la tercera, descubrieron porqué me dolía. Pero bueno, lo que siempre tuve claro es que tendría q ser una experiencia en la que yo me encontrar bien, por eso, cuando me dolió, no tuve ningún tipo de sentimiento de culpa al pasar al bibe..y oye, aquí están los tres, de percentiles altos, sin haber ingresado jamás, sin haber tomado nunca un antibiótico.. sanos, que es lo importante

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    1. La lactancia materna no puede suponer un suplicio para ninguno de los dos y en tu caso no podías hacer otra cosa! Cuando Pequeño G. empezó con sus dos tomas de fórmula, yo sentí una culpa terrible porque era inepta para el tema de los sacaleches, pero¿qué podía hacer si no? ¿Dejar al niño sin comer? ¿Dejar de trabajar? Y mira…ya se me ha pasado la culpa, sigo manteniendo sus raciones de teta cuando estoy en casa, pero cuando no, no. C’est la vie…

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  2. Pingback: Crisis de lactancia | El día que llegaste

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