Hay vida más allá de las 9 de la noche

¡Hola de nuevo!

¿Qué tal el fin de semana? Espero que hayáis desconectado y hayáis cogido fuerzas para la semana, que siempre son necesarias.

Hoy vengo a contaros mi reflexión sobre lo que yo llamo el trasnocheo gratuito.

Trasnocheo gratuito: dícese de la acción de trasnochar sin mediar fiesta o celebración de por medio y con obligación de madrugar el día siguiente.

Creo que ya os he contado que hasta el día que llegó Pequeño G. yo he sido siempre de dormir bien, y ciertamente, como a todo el mundo, de vez en cuando me ha gustado trasnochar (no siendo yo ave nocturna con asiduidad, todo sea dicho), pero la constante que se repetía en todos mis trasnocheos “pre Pequeño G.” era que al día siguiente me podía levantar tranquilamente a la hora que me apeteciera.

La situación ha cambiado, y nuestras noches están llenas de trasnocheos gratuitos, esto es, de acostarnos a las tantísimas y de tener que levantarte a trabajar pronto prontísimo. Esto no gusta a nadie en el mundo, ni aquí ni en ningún país conocido, a la gente le gusta levantarse tarde si se acuesta tarde, y si madrugas, de toda la vida, uno se ha intentado ir a la cama pronto, por aquello de poder levantarte al día siguiente siendo medio persona al menos.

Y esto ¿por qué sucede? ¿por ser madre? No amigos, no es este el problema, porque he hablado con otras mamás que no lo tienen. Sus adorables hijos se acuestan a las nueve de la noche (con la última con la que hablé a las ocho y cuarto), y ellas tienen un poco de vida para dedicar a lo que les apetezca, léase marido, película en el sofá, leer, cocinar, escribir,… Pues bien, yo no, señoras. Mi Pequeño G. se acuesta cuando le entra el sueño, que normalmente es a una hora bastante más cercana a horario de adultos que a horario infantil.

Por una parte estoy muy contenta por sus horas tardías de acostarse, porque así le veo más, dado que Papá G. y yo tenemos jornadas laborales continuas y partidas, y bastante extensas, todo sea dicho, yo llego a casa bastante tarde, así es que, si mi Pequeño G. se acostara a las ocho y cuarto no le vería el pelo más que por la mañana cuando le doy el pecho y el tiempo del mediodía cuando voy a comer a casa. Así es que me hace feliz saber que llego y él está por ahí en acción para poder disfrutarle unas horas más todavía.

Sin embargo, la otra cara de la moneda es oscura: al día siguiente yo madrugo para irme a trabajar, y muero del sueño por todas partes, sentada, de pie, cualquier sitio me vale para cerrar los ojos unos segundos…y es entonces cuando recuerdo a esas mamás que han conseguido que sus hijos se acuesten a las nueve de la noche.

Hablando el otro día con mi Amiga del Alma 1, me decía que su sobrino se acostaba a las nueve de la noche todos los días del año porque su madre lo había acostumbrado a ese horario desde pequeño, lo metía en su cuna y le dejaba llorar hasta que se dormía. Así, dicha mamá ha conseguido que el bendito de su hijo, a sus nueve meses que tiene actualmente, se rascase la oreja él solito a las 8, indicando que ya va siendo hora de dormir…así es que, la mamá coge al bebé, lo mete en la cuna, cierra la puerta y hasta el día siguiente, porque por supuesto, duerme del tirón.

Yo nunca he querido gastar muchas energías en dormir a Pequeño G. a una hora en concreto, nunca he creído mucho en eso. Pequeño G. siempre da señales de cuando está cansado (supongo que como todos los niños del planeta), así es que, es en ese momento en el que le dormimos. Me parece fenomenal que los niños tengan rutinas, pero no creo que sean relojes suizos, creo que son personas e igual que yo, hay días en los que estoy más cansada y me caigo de sueño a las 10.30 de la noche, hay otros en los que me apetece por lo que sea seguir la marcha hasta más tarde.

Así es que Pequeño G. tiene sus ritmos, sus rutinas, pero no medidas al dedillo, y desde luego lo que no voy a hacer es dejar a mi niño en la cuna a las 9 de la noche llorando desconsolado porque a lo mejor ese día le apetecía seguir jugando hasta las 10.

Que conste que no estoy haciendo ninguna crítica contra la gente que ha optado por este método sino que estoy dando mi opinión como madre. Yo siempre he entendido que si lloraba era porque necesitaba algo, comer, compañía, jugar, vestir más fresquito, ropa de más abrigo,…y creo que es importante que el niño sienta que cuando necesita algo están sus padres cerca. Siempre he sido de las que ha creído que un bebé de meses no llora para manipular a sus padres ni para chantajearlos, como dice mucha gente por ahí (llora para que lo cojas, así lo malacostumbras…lo que hay que oir…), yo creo que llora porque es su única forma de expresarse, llora porque tiene una necesidad no cubierta, puede que un abrazo, una caricia, sea algo tonto en la ajetreada vida que llevamos los adultos, pero a lo mejor, ese abrazo o esa caricia es todo lo que tu hijo necesita ahora, tu brazo rodeándole, a lo mejor ese era todo su problema, y si sólo es eso, ¿por qué no concedérselo? Ojalá todos los problemas se solucionaran tan fácilmente durante toda la vida, ojalá todo lo que necesitáramos en la vida para estar bien fuera una mano amiga, una mano de mamá y papá.

Nos leemos pronto.

Un beso y ánimo con el lunes.

Mamá G.